La fritanga

Llueve mesopotámicamente, los gurises se hacen a la idea de que “la máma” fritará algunas tortas con la grasa de cerdo. Corriendo van hasta la panadería de la esquina, donde el peón a escondidas, les pasa por debajo del portón un poco de masa cruda.

Rueda la botella de vidrio sobre la mesa de campo; las manos arrugadas, acarician la harina mojada y luego la presenta en forma de lunas llenas, después de cortarlas con la taza de lata de la abuela Clara.

Ellos, impacientes, se asoman por los agujeros de chapa, espían el baño caliente en la “ollasa” de hierro, mientras se les va haciendo agua la boca.

Tarde terminaron de deborarse la fritanga, pero la lluvia no para. El sol, cruel, como burlándose del destino de los pobres se asoma de a ratos; les enciende pequeñas ilusiónes y luego los traiciona.

El agua ya pasó el tapial que hicieron hace cuatro años. Se llena el cielo de truenos y la panza de cebaduras amargas. La vida, otra vez los dejó sin azúcar.

Sobre la mesa, subieron otros muebles. Aún queda la botella con algunos restos de harina. Del otro lado, la pelota juega a las cabezas con la puerta de la heladera.

Se cruzan al paso las cañitas mojarreras, que se vinieron flotando desde el galpón del fondo. Un anzuelo, de a manotazos, se agarra fuertemente del picaporte de la puerta. La única pieza, se tragó el resto de la casa.

Llueve mesopotámicamente, aun huele a tortas fritas en las cortinas de la cocina. Los niños se suben al bote de los vecinos, cargan con la abuela y con sus pilchas mojadas.

A los lejos, la mirada se pierde en el agua negra de la esperanza. Un perro se cuela en la popa de madera y ocupa el último lugar de la canoa; no se sacude, porque sabe que aunque sea perro, ahora viaja de invitado.

En el frente de la barcaza, Juan de Barro, recibe un pedazo de torta que uno de los niños corta con su manos y reparte. Despacito, cada uno de los comensales, va dejando que se deslicen las hostias por sus gargantas, ya casi cerradas, por la bronca que juntaron durante la jornada.

Charly Schneider